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Quimiofobia.

Quimiofobia no es una palabra que vamos a encontrar en el diccionario de la Real Academia o en el manual DSM IV de la psiquiatría, pero tampoco es un fenómeno nuevo. Yo recuerdo que ya hace más de treinta años la revista Science 85 publicó una imagen similar, poniendo todos los compuestos químicos que constituyen un huevo,  para exponer un fenómeno interesante: El miedo irracional a un alimento o sustancia, solo porque se le da un nombre químico.

La quimifobia es una forma extrema de lo que se conoce como la falacia naturalista, que es la creencia de que si algo es de origen natural es bueno y si es de origen industrial o sintético es malo. En el caso de la quimiofobia, basta darle su nombre químico a algo para que se le considere dañino. Es por eso que organismos como la International Union of Pure and Applied Chemistry[1] (Unión Internacional de Química Pura y Aplicada)y el American Council on Science and Health (Consejo Estadounidense de Ciencia y Salud) han tenido que definir el término para tratar con él, así que su definición oficial sería:

"El miedo irracional a las substancias sintéticas debido a las historias amarillistas y afirmaciones exageradas que prevalecen en los medios de comunicación sobre sus peligros."

Y eso es debido a que la palabra "químico", en la mente de muchas gentes es sinónimo de artificial, adulterado, peligroso o tóxico. Una popular Gurú de la salud  propuso la siguiente regla “Si un niño de 6 años no lo puede pronunciar, no lo comas”.

Quienes piensan así no son conscientes de que todo lo material en el universo está constituido de sustancias químicas.

Es por esta razón que el profesor James Kennedy elaboró varias imágenes detallando cómo debería ser la etiquetas de ingredientes de varios productos que se consideran naturales.
Para ilustrar lo irracional de esta postura tomemos un par de ejemplos entre lo que podría ser el nombre natural de una substancia y su nombre químico:

  • Extracto de espárrago
  • Aspartame o peor aún,  éster del ácido aspártico

Aspartame es el nombre comercial del  famoso edulcorante tan odiado por los naturistas, ignorando que se extrajo originalmente del espárrago y por ello se le bautizó como ácido aspártico. Ahora se sabe que existe en prácticamente todos los seres vivos ya que es un aminoácido, es decir uno de los bloques con los que se construyen las proteínas y por lo tanto lo encontramos en muchas de las proteínas que forman a los seres vivos, sin importar si son  animales o vegetales. Además, en los animales el aspartame es un neurotransmisor esencial para el funcionamiento del sistema nervioso. En resumen, es posible decir que es una sustancia de origen natural.

Por el mismo estilo podemos decir:

  • Extracto de Kelp (un tipo de alga)
  • Glutamato monosodico (sal sódica del ácido glutámico)

El glutamato monosódico es otro de esos "venenos químicos", o por lo menos así nos lo informan los sitios naturistas. La realidad es que es la forma sódica del ácido glutámico, el aminoácido más abundante en la naturaleza. Por ello, si analizamos un plátano 100% natural, encontraremos que contiene ácido glutámico y ácido aspártico. En la industria alimenticia se suele utilizar como potenciador de sabor, en especial ha sido ampliamente utilizado en la cocina oriental bajo el nombre de umami; y a pesar de que se le ha generado mala fama, sin embargo es tan “peligroso” como cualquier otro exceso de sal en la dieta diaria.

Y claro, podemos espantar a alguien diciendo que un alimento contiene BUTANOATO DE 2-HIDROXI-3-METILETILO...

Suena amenazador... pero no es más que una de las substancias responsables del delicioso aroma del plátano y de muchas otras frutas.

En otro caso, una encuesta levantada por el Oklahoma State University Department of Agricultural Economics (Departamento de Economía Agraria de la Universidad Estatal de Oklahoma) encontró que el 80% de los estadounidenses quiere que sea obligatorio etiquetar los alimentos que contienen Ácido Desoxirribonucleico o ADN. Tomando en cuenta que prácticamente todos los alimentos provienen de seres vivos contienen ADN o sus restos, eso sería bastante complicado.

 

Por supuesto,  hay que reconocer que la quimiofobia no salió de la nada. Ya desde los 1940s existía preocupación genuina por el uso excesivo de pesticidas, y hay que resaltar que  en aquella época éstos eran mucho más tóxicos que ahora. Fue el libro de Rachel Carson, Primavera silenciosa el que en 1962 alertó sobre la acumulacion de pesticidas tóxicos no degradables en los ecosistemas. El libro de Carson advertía contra los pesticidas industriales. Aunque era alarmista en parte, al considerar dañino todo lo producido por el hombre, tenía razón en observar que había pesticidas acumulándose en el medio ambiente. Eso llevó a la prohibición de todo pesticida tóxico que se pudiera acumular en el medio ambiente.

El principal pesticida que causaba preocupación era el DDT, que es poco tóxico al ser humano en las dosis que se usan normalmente, pero debido a que es liposoluble y tarda en degradar se va acumulando en la cadena alimenticia, hasta alcanzar niveles peligrosos. El DDT fue prohibido finalmente y solo se permite su uso cuando se puede asegurar que no se acumulará, así que no se usa en cosechas, pero se sigue usando en la lucha contra la malaria, gracias a que, por su baja toxicidad y larga permanencia, se pueden rociar las casas y articulos personales con él.

En Estados Unidos la preocupación por los pesticidas llevó a la creación de la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés), cuya función es  vigilar y estudiar los productos que usamos y consumimos; también llevó al desarrollo de una nueva generación de pesticidas diseñados para no acumularse en el medio ambiente.

Pero cada sustancia debe evaluarse de manera individual, sin tomar en cuenta su origen. Un pesticida aprobado en agricultura orgánica como la “rotenona” es mucho más tóxico para el ser humano que los pesticidas industriales neonicotinoides. Cada substancia requiere evaluarse individualmente y catalogarlas automáticamente como “agrotóxicos”, como hacen los grupos ecologistas,  es un sinsentido.

Es cierto que existen substancias tóxicas, tanto sintéticas como naturales, pero el que tengan un imponente nombre químico o un agradable nombre natural, no hace ninguna diferencia y por ello el rechazo indiscriminado es irracional. Vivimos en una sociedad compleja, que nos bombardea de información. Todo el tiempo escuchamos sobre los peligros de los pesticidas, plásticos y aditivos para alimentos; muchos periodistas y estrellas de TV se aprovechan de ello para prometernos alimentos “libres de químicos” y nos venden productos que no han sido verificados de manera adecuada. El miedo a las “substancias químicas” se exagera como elemento ideológico y de mercadotecnia.

Pero si hubiera una ley que obligara a listar todos los ingredientes que contienen los alimentos, la ilustración de al lado  es la etiqueta que debería acompañar a un plátano o un arándano, y si nos basamos en la quimiofobia, todos los alimentos son terroríficos.


Resumiendo, hay que evitar la falsa dicotomía: natural = bueno / sintético = malo.



Nota: Las ilustraciones son cortesía del profesor James Kennedy, con  la traducción al español de Mauricio-José Schwarz.

Referencias y lecturas recomendadas:

 

 

Modificado por última vez en Lunes, 22 Octubre 2018 18:55

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