No es la primera vez. Tenemos documentales, conferencias, libros, videos y artículos asegurando desde hace décadas que el descubrimiento ya se hizo. Pero “esta vez”, naturalmente, nos dicen que ahora sí es en serio.

Y aparentemente hay motivos para prestar atención. La expedición de 2026 es real. Hubo estudios geofísicos, perforaciones y toma de muestras. Participan científicos con credenciales académicas legítimas y las muestras están siendo analizadas en laboratorios universitarios.

Sin embargo, el trabajo de campo terminó apenas el 11 de septiembre de 2026 y ahora viene la parte menos espectacular, pero científicamente mucho más importante: analizar, comparar y controlar los resultados. La propia Sivas Cumhuriyet University señala que la evaluación completa podría prolongarse hasta 2027.

Así que quizá sea un buen momento para revisar por qué todo esto nos resulta tan familiar.

¿Durupınar? ¿Qué es eso?

A muchos el nombre de Durupınar les resultará familiar, y con razón.

Durupınar no es un sitio recién descubierto. Desde hace más de seis décadas se afirma periódicamente, con distintos grados de entusiasmo y certidumbre, que allí descansan los restos del Arca de Noé.

Se trata de una formación situada cerca de Doğubayazıt, en la provincia de Ağrı, al este de Turquía. Su principal atractivo salta inmediatamente a la vista: tiene una silueta vagamente semejante a la de un barco.

La formación llamó la atención internacional en 1959, cuando el capitán del ejército turco İlhan Durupınar la identificó al examinar fotografías aéreas tomadas durante trabajos cartográficos. Existen relatos posteriores según los cuales un pastor kurdo llamado Reshit Sarihan habría reportado desde 1948 que un deslizamiento había dejado expuesta una formación extraña en la zona. Es un detalle curioso, pero está bastante peor documentado que el reconocimiento aéreo de 1959 y conviene tratarlo como tal.

La imagen era lo bastante sugerente para que la pregunta surgiera casi inmediatamente:

¿Y si fuera el Arca?

La revista Life publicó fotografías del lugar en 1960 y la noticia dio al sitio notoriedad internacional. Ese mismo año una expedición de la Archaeological Research Foundation, en la que participaron el propio Durupınar, George Vandeman y el especialista en fotogrametría Arthur Brandenberger, investigó el lugar.

Excavaron durante dos días e incluso utilizaron explosivos para examinar parte de la formación. El resultado fue bastante menos espectacular que la fotografía. El comunicado de la expedición concluyó que “no había restos arqueológicos visibles” y que aquello era un “capricho de la naturaleza y no hecho por el hombre”.

Normalmente eso habría cerrado el asunto.

Naturalmente, no lo hizo.

La razón de la fascinación es fácil de entender. Vista desde determinados ángulos, Durupınar recuerda notablemente la silueta de una embarcación. Y cuando algo nos resulta familiar es muy fácil deslizarse de “se parece a...” a “debe ser...”. La pareidolia adquiere categoría de evidencia.

El resultado ha sido una curiosa secuencia que se repite desde entonces: alguien declara que Durupınar es el Arca, aparecen nuevas “evidencias”, se investigan, el entusiasmo disminuye durante algunos años y finalmente una nueva generación vuelve a descubrirla.

1959–1960 — Primer ciclo

El descubrimiento bien documentado comienza en 1959 con las fotografías aéreas examinadas por İlhan Durupınar. La fotografía permite entender perfectamente la fascinación que comenzó a ejercer aquella curiosa forma, que posteriormente recibió su nombre.

Life le dio publicidad internacional. Pero la expedición de 1960 no encontró ningún resto arqueológico visible y su conclusión oficial fue que se trataba de una formación natural.

¿Fin del asunto?

Aún no.

En realidad, ése apenas fue el primer capítulo.

1977–años 90 — Ron Wyatt y la gran resurrección del sitio

Aquí entra en escena un personaje fascinante: Ronald Eldon Wyatt, nacido en 1933 en Hamilton, Ohio. Wyatt era enfermero anestesista, había crecido dentro del adventismo del séptimo día y tenía un profundo interés por una interpretación literal de los relatos bíblicos.

En 1960 vio la fotografía de Durupınar publicada por Life y quedó convencido de que el sitio merecía investigarse. A partir de 1977 comenzó a visitarlo y terminó convirtiéndose en uno de sus promotores más entusiastas.

Durante las décadas siguientes realizó más de cien viajes relacionados con lo que él consideraba arqueología bíblica.

El gran salto en Durupınar llegó hacia 1985, cuando se incorporaron David Fasold, especialista en salvamento marítimo, y John Baumgardner, geofísico con credenciales académicas reales.

Aquí conviene hacer una precisión: que Baumgardner participara no significa que respaldara las conclusiones de Wyatt. Posteriormente consideró que la formación era natural y no aceptó las afirmaciones de Wyatt y Fasold sobre haber encontrado el Arca.

Fasold llevó además un peculiar dispositivo denominado “molecular frequency generator”, que supuestamente podía ajustarse a la “frecuencia” de un metal determinado y detectar objetos enterrados mediante dos varillas metálicas sostenidas por el operador. En otras palabras, una versión electrónicamente adornada de las varillas de zahorí.

El aparato produjo muchos de los famosos “patrones metálicos” que posteriormente fueron dibujados sobre fotografías de Durupınar e interpretados como costillas, refuerzos y divisiones internas de la embarcación. También se utilizaron detectores de metales convencionales y radar de penetración terrestre, aunque las afirmaciones posteriores tendieron a mezclar los resultados de unos instrumentos con los de otros.

Wyatt y Fasold comenzaron entonces a presentar una colección de evidencias aparentemente espectaculares: “madera petrificada”, patrones regulares de hierro, costillas, paredes internas, piedras-ancla, dimensiones compatibles con la Biblia y señales de radar supuestamente correspondientes a la estructura de un barco.

Fasold publicó en 1988 The Ark of Noah y Wyatt difundió intensamente el sitio mediante conferencias, videos y entrevistas como el Arca finalmente descubierta.

Ésta fue probablemente la época dorada de Durupınar como “Arca encontrada”.

Wyatt, entretanto, tuvo una carrera arqueológica sorprendentemente productiva. También afirmó haber encontrado el lugar del cruce del Mar Rojo, el verdadero monte Sinaí, Sodoma y Gomorra, el sitio de la crucifixión de Jesús y el Arca de la Alianza.

Y, por supuesto, la famosa muestra de “sangre de Cristo” que, según él, poseía solamente 24 cromosomas: 23 procedentes de María y un cromosoma Y aportado por el Padre.

No existe publicación científica ni análisis independiente que respalde semejante afirmación, y genéticamente el relato carece de sentido, pero ésa es otra historia.

1992 — Crítica desde el propio creacionismo

Naturalmente, más de uno levantó las cejas ante tanta buena fortuna. Y no solamente dentro de la arqueología y la geología académicas: también lo hicieron investigadores profundamente religiosos y creacionistas.

En 1992, el geólogo creacionista de Tierra joven Andrew Snelling publicó en la revista Creation una extensa revisión titulada Amazing “Ark” Exposé, en la que examinaba las principales afirmaciones utilizadas para promocionar Durupınar.

Su conclusión fue bastante poco favorable.

Los supuestos patrones de hierro obtenidos con el “molecular frequency generator” no habían podido reproducirse mediante magnetómetros o detectores convencionales. Las señales de radar que Wyatt y Fasold interpretaban como paredes y divisiones internas tampoco pudieron ser reproducidas de la manera anunciada cuando un operador profesional realizó nuevos estudios.

Snelling señaló además que una capa de caliza fosilífera atraviesa la formación de este a oeste y forma parte de la geología local. Las muestras que se habían presentado como posible madera petrificada resultaron ser roca, principalmente basaltos. El radar y las perforaciones identificaron además roca sólida a profundidades donde los promotores esperaban encontrar partes de la embarcación.

Es decir, uno podía aceptar literalmente el Génesis y seguir concluyendo:

esto no es el Arca.

1996 — Collins y Fasold: una explicación geológica

En 1996 el geólogo Lorence Gene Collins, del Departamento de Ciencias Geológicas de California State University, Northridge, y David Franklin Fasold publicaron en el Journal of Geoscience Education el artículo Bogus “Noah's Ark” from Turkey Exposed as a Common Geologic Structure.

Sus conclusiones fueron directas: Durupınar era una formación geológica natural.

Los supuestos “soportes de hierro” resultaron compatibles con minerales volcánicos alterados; las aparentes paredes reforzadas con metal correspondían a concentraciones naturales de limonita y magnetita dentro de capas sedimentarias inclinadas; y la supuesta “corteza de madera fosilizada” era peridotita metamorfizada.

La geometría de la formación era explicable mediante la geología estructural del sitio, particularmente las capas inclinadas de un sinclinal doblemente plungente. Incluso las famosas “piedras-ancla” que Wyatt y Fasold relacionaban con el Arca resultaron estar hechas de andesita local, no de roca transportada desde Mesopotamia.

Pero hay un detalle especialmente interesante: David Fasold era uno de los hombres que años antes había defendido que Durupınar podía ser el Arca.

La formación consiguió así una hazaña poco común: convertir a uno de sus principales defensores en coautor de su refutación geológica.

A esas alturas parecería razonable pensar que la historia debía terminar.

Pero, como ocurre con los blockbusters, siempre existe la posibilidad de una secuela.

2014–2019 — Nueva tecnología, nueva oleada

Ningún Arca está verdaderamente muerta mientras exista una nueva tecnología que pasarle por encima.

Una posible explicación para los defensores de Durupınar era que Wyatt y sus colaboradores simplemente no habían contado con herramientas suficientemente sofisticadas. Quizá el problema no fuera la hipótesis, sino los instrumentos.

Así comenzaron dos nuevas campañas separadas, en 2014 y 2019, impulsadas nuevamente desde círculos que ya consideraban seriamente que Durupınar podía ser el Arca, pero esta vez utilizando tecnologías profesionales de prospección del subsuelo.

No he encontrado evidencia de que ninguna de las dos surgiera originalmente como proyecto de investigación de una universidad o de una fundación científica independiente. La de 2014 fue una iniciativa privada encabezada por el neozelandés John Larsen, con permiso de las autoridades turcas y en estrecho contacto con grupos que ya defendían la identificación de Durupınar con el Arca.

La página del propio proyecto denomina al trabajo The Subsurface Imaging Project of Noah's Ark antes de presentar los resultados.

Larsen realizó tomografía de resistividad eléctrica (ERT), una técnica geofísica perfectamente legítima que permite reconstruir diferencias de resistividad en el subsuelo. Se realizaron diez líneas longitudinales y tres transversales, y posteriormente se integraron los datos en un modelo tridimensional.

Los promotores interpretaron determinadas diferencias de resistividad como un casco enterrado, tres posibles cubiertas y divisiones internas.

El problema no está en medir resistividad. El problema comienza al decidir qué significa una determinada anomalía.

No he localizado una publicación de esos resultados en una revista científica especializada ni un conjunto de datos en bruto que permita una evaluación independiente equivalente a la de un estudio académico. Eso no demuestra que las mediciones sean incorrectas, pero sí limita lo que podemos concluir a partir de ellas.

En 2019, Andrew Jones organizó una campaña técnicamente mucho más sofisticada, vinculada a su proyecto Discovered Media y financiada fundamentalmente con recursos privados y donaciones. Esta vez contrató especialistas y empresas profesionales para adquirir los datos.

Entre ellas estaba ToPa 3D, una compañía de Oregón especializada en LiDAR, fotogrametría y captura tridimensional para arquitectura, ingeniería y conservación histórica.

Entre el 14 y el 17 de octubre de 2019 se realizaron estudios mediante GPR —radar de penetración terrestre—, LiDAR, fotogrametría con drones, levantamiento topográfico y termografía.

Aquí la situación se vuelve más interesante, porque las mediciones fueron profesionales y parte del procesamiento posterior también estuvo en manos de especialistas con experiencia real.

El LiDAR produjo un modelo topográfico muy preciso de la superficie. El GPR detectó determinadas reflexiones lineales, angulares y aproximadamente rectangulares, algunas entre unos tres y siete metros de profundidad. El procesamiento de los datos GPR fue realizado por Daniel P. Bigman, de Bigman Geophysical. Los informes de esta etapa pueden consultarse actualmente en el repositorio de Noah’s Ark Scans.

Eso es lo que encontraron: una reflexión angular. No una pared, no un pasillo y mucho menos una habitación del Arca.

Los propios trabajos posteriores reconocían que serían necesarias perforaciones o excavaciones para determinar qué producían realmente aquellas señales. La termografía, por su parte, fue todavía menos espectacular: las limitaciones de adquisición y las condiciones del terreno hicieron que los técnicos concluyeran que aquellos datos no podían interpretarse de manera útil.

Conviene resaltarlo porque demuestra algo importante: los técnicos contratados fueron capaces de decir sencillamente “con estos datos no podemos concluir nada”.

Pero con el paso del tiempo el lenguaje utilizado para describir los resultados del GPR comenzó a cambiar. Las “reflexiones angulares” se convirtieron en “patrones geométricos”; los patrones, en “estructuras”; y más tarde Noah’s Ark Scans comenzó a hablar de “corredores y cámaras semejantes a habitaciones” a partir de nuevos análisis de aquellos mismos datos.

Y aquí aparece un punto fundamental.

La investigación moderna de Durupınar no surgió de una pregunta académica independiente que, accidentalmente, encontró algo parecido al Arca.

El proceso fue prácticamente el inverso: grupos que ya consideraban probable —o estaban convencidos— de que Durupınar era el Arca consiguieron financiación, permisos y técnicos profesionales para buscar evidencias que apoyaran esa identificación.

Eso no invalida las mediciones. Un eco de radar sigue siendo un eco de radar independientemente de quién pagó por obtenerlo. Pero sí importa enormemente cuando llega el momento de decidir qué significa ese eco.

2020–2025 — De las anomalías a las “habitaciones”

Entre 2020 y 2025 no hubo un único gran descubrimiento. Lo que ocurrió fue algo más gradual: se procesaron y reinterpretaron datos anteriores, entraron nuevas instituciones académicas, se añadieron análisis de suelo y, poco a poco, los distintos resultados comenzaron a presentarse ante el público como una cadena acumulativa de confirmaciones.

En 2020, los datos GPR de 2019 fueron procesados e interpretados por Daniel P. Bigman, geofísico con experiencia real en prospección arqueológica. Se identificaron determinadas reflexiones lineales y conjuntos aproximadamente angulares, incluida una zona alrededor de los siete metros de profundidad. Seguían siendo, sin embargo, anomalías geofísicas, no habitaciones físicamente observadas.

Durante 2021, Noah’s Ark Scans comenzó a utilizar un lenguaje mucho más audaz. En uno de sus boletines llegó a anunciar: “Cutting-edge radar finds rooms on Noah’s Ark”. Lo importante es que la palabra “rooms” no procedía de una excavación que hubiera dejado expuestas habitaciones, sino de una interpretación de patrones del radar.

En 2022 entraron en escena dos universidades turcas: Ağrı İbrahim Çeçen University (AİÇÜ) e Istanbul Technical University (İTÜ). Entre el 14 y el 17 de noviembre realizaron cuatro días de trabajo de campo dentro de un convenio académico. Tomaron muestras en determinados puntos de la formación, las enviaron a los laboratorios de İTÜ y realizaron trabajos de caracterización del sitio. Según la propia AİÇÜ, el proyecto contó con patrocinio de la IC Foundation. La universidad describió el trabajo como parte de un programa más amplio de investigación de los valores naturales y culturales de la región, no como una proclamación de que el Arca hubiese sido identificada.

Eso es importante, porque marca una diferencia con los promotores privados: las universidades turcas tenían razones científicas, geológicas, patrimoniales y también turísticas para estudiar una formación famosa, independientemente de que resultara ser el Arca.

En 2023 Andrew Jones presentó en el VII International Mount Ararat & Noah’s Ark Symposium una síntesis de los estudios GPR y LiDAR. Buena parte de lo que se presentó como nuevas “estructuras” procedía de reinterpretar los datos de 2019, no de haber entrado físicamente en nuevos corredores. Posteriormente ese trabajo apareció como capítulo en un volumen académico.

Durante estos años se fue formando una verdadera red institucional alrededor de Ararat y el Arca: universidades públicas turcas, promotores privados y Andrews University, una universidad adventista estadounidense acreditada que posee un instituto de arqueología real. Que Andrews sea confesional no convierte sus estudios en falsos, pero sí ayuda a entender por qué la arqueología bíblica tiene un lugar tan visible dentro de este ecosistema.

2024 — El argumento pasa al suelo

En septiembre de 2024 se realizó un nuevo muestreo de suelos. Según la documentación publicada por el propio proyecto, bajo la dirección del geólogo Mehmet Salih Bayraktutan y con la colaboración del científico de suelos australiano William “Bill” Crabtree, se tomaron 88 muestras en 22 puntos dentro y fuera de la formación. Las muestras fueron analizadas en laboratorios de Atatürk University.

Los resultados difundidos por Noah’s Ark Scans indicaban que el suelo del interior mostraba aproximadamente 2,93 % de materia orgánica frente a 0,98 % en el exterior, hasta 2,72 veces más carbono, alrededor de 40 % más potasio y un pH algo menor.

Eso es interesante. Y la conclusión inmediata que podemos extraer es bastante sencilla:

el suelo de algunas zonas interiores tiene una composición diferente al de los controles exteriores analizados.

El grupo promotor dio un paso adicional. Crabtree señaló que esos resultados serían compatibles con la descomposición prolongada de grandes cantidades de madera o materia vegetal.

Puede ser una hipótesis que merezca comprobarse. Pero “compatible con” no significa “identificado como”. Más materia orgánica no es automáticamente madera. Y madera, si llegara a encontrarse, tampoco sería automáticamente un barco. Mucho menos el Arca de Noé.

2025 — Los medios encuentran el Arca otra vez

En 2025 llegó una nueva oleada de titulares. Algunos afirmaban que habían comenzado “las excavaciones del Arca de Noé”; otros anunciaban “habitaciones y corredores identificados”, “secretos perfectamente conservados”, “nueva prueba de que existió el Arca” o “estructuras ocultas reveladas por radar”.

Incluso Noah’s Ark Scans tuvo que aclarar que todavía no había comenzado una excavación arqueológica.

Buena parte de aquella cobertura combinaba en realidad tres cosas distintas: los datos GPR obtenidos en 2019, su reinterpretación posterior y los análisis de suelo de 2024. Presentados juntos parecían una sucesión de descubrimientos nuevos, aunque muchos procedían de volver a procesar o reinterpretar información ya existente.

Sí hubo trabajo de campo en 2025, con nuevas prospecciones, toma de muestras y filmaciones mediante drones. Parte de ese trabajo sirvió también para producción documental vinculada al futuro centro de visitantes.

La narrativa creció.

Los datos, bastante menos.

2026 — La saga continúa

En septiembre de 2026 terminó una nueva campaña de investigación en la formación de Durupınar. Y esta vez hay que comenzar reconociendo algo importante: el proyecto es real, está oficialmente autorizado y cuenta con investigadores con formación científica legítima.

Entre junio y septiembre se realizaron levantamientos GPS, cartografía de alta resolución, modelos 2D y 3D, LiDAR, prospección mediante radar de penetración terrestre y perforaciones para obtener muestras del subsuelo. El equipo recogió 366 muestras de puntos situados dentro y fuera de la formación, a profundidades de aproximadamente uno a quince metros, que fueron enviadas a Ankara Yıldırım Beyazıt University para análisis de isótopos de carbono, determinación de edades y búsqueda de materia orgánica, posibles materiales manufacturados y otros indicios que permitan comprender cómo se formó el sitio.

Hasta aquí, todo perfectamente razonable.

Lo que no existe hasta ahora es un anuncio científico de que se haya encontrado el Arca de Noé.

Tampoco se ha abierto una excavación arqueológica que haya dejado expuesto un casco, una pared, una viga o una habitación. Se han hecho perforaciones y prospección del subsuelo. El trabajo de campo terminó el 11 de septiembre y ahora viene la etapa mucho menos vistosa, pero científicamente más importante: analizar las muestras, procesar los datos y comprobar si las anomalías observadas corresponden realmente a algo artificial.

La propia Sivas Cumhuriyet University señala que la evaluación completa podría prolongarse hasta mediados de 2027.

Por eso resulta un poco desconcertante que, mientras los laboratorios apenas empiezan a trabajar, ya tengamos titulares anunciando una vez más que el Arca ha sido encontrada.

¿Quién está haciendo realmente esta investigación?

Aquí es importante separar dos cosas que frecuentemente aparecen mezcladas.

El proyecto oficial de 2026 no está dirigido por Noah’s Ark Scans. Formalmente se denomina Durupınar Formasyonu Jeolojik Araştırma Projesi —Proyecto de Investigación Geológica de la Formación Durupınar— y está encabezado por Cenker Atila, profesor del Departamento de Arqueología de Sivas Cumhuriyet University.

El proyecto fue presentado por la universidad y recibió autorización de la Dirección Regional de Erzurum del Ministerio de Medio Ambiente, Urbanización y Cambio Climático. Como la zona se encuentra dentro de un área protegida, también recibió permiso de la Dirección Regional de Conservación de la Naturaleza y Parques Nacionales del Ministerio de Agricultura y Bosques. La universidad identifica como vicepresidentes del proyecto a Evrensel Barış Berkant y Andrew Mark Jones, fundador de Noah’s Ark Scans, y señala expresamente que esta organización estadounidense también apoya la investigación.

En otras palabras, tenemos una estructura un tanto peculiar: un proyecto formalmente universitario y autorizado por el Estado turco, trabajando en cooperación con una organización privada estadounidense que lleva años promoviendo Durupınar como el Arca de Noé.

Según la universidad, participaron alrededor de veinte científicos y estudiantes procedentes de cinco países. Sin embargo, no he encontrado hasta ahora un listado universitario público completo de esos veinte integrantes, por lo que debemos trabajar con los nombres que aparecen en los comunicados y en el sitio de Noah’s Ark Scans.

¿Y tienen buenas credenciales?

En general, sí.

Ésta no es una repetición de Ron Wyatt recorriendo la montaña con detectores de metales y una varita electrónica.

El director, Cenker Atila, es profesor de arqueología clásica en Sivas Cumhuriyet University. Tiene licenciatura y maestría por Ege University y doctorado en arqueología por Dokuz Eylül University. Tiene publicaciones académicas reales sobre cerámica, vidrio, ánforas, necrópolis y otros temas de arqueología clásica, incluso trabajos recientes en Journal of Archaeological Science: Reports.

Logan A. Hunt tiene formación en arqueología del Cercano Oriente y trabajó en Megiddo; aparece como coautor, junto con Israel Finkelstein y Steve Weiner, de un artículo revisado por pares sobre materiales de la Edad del Bronce.

Robert Sauer es geólogo con maestría y experiencia en geomorfología y estudio de grandes inundaciones. William “Bill” Crabtree tiene una carrera consolidada en ciencia de suelos y agronomía. Khosrow Bakhtar es ingeniero especializado en mecánica de rocas y electromagnetismo, con décadas de experiencia en detección de cavidades y estructuras subterráneas.

Así que no sería correcto descartar el proyecto diciendo que está formado por personas sin preparación.

El problema es más sutil.

La pregunta principal en Durupınar sigue siendo, antes que arqueológica, geológica: ¿cómo se produjo esa formación y pueden sus características explicarse mediante procesos naturales?

Por eso habría sido especialmente tranquilizador encontrar en el núcleo visible del proyecto una presencia mucho más fuerte de especialistas independientes en geología estructural de Anatolia, sedimentología, geomorfología y geoarqueología cuya tarea explícita fuera intentar comprobar —o falsar— la explicación geológica existente.

No significa que el equipo actual sea incompetente. Significa que, tratándose de una formación cuya explicación publicada más importante es geológica, la hipótesis natural debería recibir al menos el mismo esfuerzo que la hipótesis del barco.

Dos preguntas muy distintas

Sivas Cumhuriyet University utiliza en sus comunicaciones más recientes un lenguaje relativamente prudente: habla de una formación asociada históricamente con afirmaciones sobre el Arca, de investigación geológica, de anomalías cuyo origen debe determinarse y de resultados todavía pendientes.

Noah’s Ark Scans habla de otra manera.

Su propia página presenta Durupınar como una estructura de aproximadamente 157 metros que “encaja perfectamente con la descripción bíblica del Arca de Noé”. No presenta simplemente el sitio como una formación cuya naturaleza se quiere determinar.

La organización ya tiene una respuesta preferida.

Y ésa es una diferencia metodológica importante.

Un investigador puede ser cristiano, musulmán, judío, ateo o cualquier otra cosa y realizar una investigación perfectamente rigurosa. El problema no es la fe del investigador.

El problema aparece cuando la pregunta “¿Qué es esta formación y cómo se produjo?” se convierte en “¿Qué evidencia podemos encontrar de que esta formación es el Arca?”.

En el primer caso, que el sitio resulte ser una formación geológica natural constituye un resultado perfectamente aceptable. En el segundo, ese mismo resultado representa un fracaso.

Y cuando quien financia y comunica la investigación ya está convencido de cuál debe ser la respuesta, aumenta el riesgo del viejo conocido de este artículo: el sesgo de confirmación.

El brazo privado del proyecto

Aquí aparece Andrew Jones.

Jones es desarrollador de software e investigador independiente y, para su crédito, su propia organización aclara expresamente que no es arqueólogo ni historiador. Lleva casi treinta años interesado en Durupınar y fue uno de los principales responsables de organizar y financiar las campañas tecnológicas anteriores, especialmente el GPR y LiDAR de 2019.

Actualmente es vicepresidente del proyecto 2026 y al mismo tiempo fundador y principal portavoz de Noah’s Ark Scans.

La organización tiene además un aparato de comunicación y recaudación bastante desarrollado. Lauren Witzke es su directora de marketing y fundraising. El grupo solicita donaciones, vende mercancía, organiza tours al sitio y produce documentales y otros contenidos audiovisuales. Su propia página afirma que los ingresos de mercancía vuelven a los estudios, equipo y trabajo de campo.

Noah’s Ark Scans dice que las contribuciones de sus seguidores financian prospección geofísica, perforaciones, análisis y otros trabajos, pero también mejoras al centro de visitantes y producción multimedia. Para la campaña de 2026 abrió una recaudación con una meta de 600.000 dólares.

Esto tampoco demuestra nada impropio. La ciencia necesita dinero, y los proyectos privados pueden financiar investigaciones perfectamente legítimas.

Pero conviene conocer el ecosistema económico y comunicativo que rodea la investigación, especialmente porque el descubrimiento del Arca sería infinitamente más atractivo para donantes, turistas, documentales y medios que la conclusión:

“Era una interesante formación sedimentaria.”

La financiación del proyecto completo tampoco está del todo transparentada públicamente. La universidad declara haber aportado apoyo institucional y Noah’s Ark Scans recauda fondos para sus operaciones, pero no he encontrado un presupuesto consolidado que permita saber exactamente qué parte de cada componente corre por cuenta de cada institución.

Así que sería incorrecto decir simplemente que “Noah’s Ark Scans paga toda la expedición”. Lo que sí podemos decir es que financia y promociona una parte importante del esfuerzo privado que la acompaña.

¿Qué sabemos antes de los nuevos resultados?

No partimos de una hoja en blanco. Existe desde hace décadas una explicación geológica publicada para Durupınar.

El trabajo de Collins y Fasold de 1996 interpretó la estructura como una formación natural y explicó varias de las antiguas “evidencias” de Wyatt mediante procesos geológicos: minerales volcánicos alterados confundidos con elementos metálicos, concentraciones de limonita y magnetita interpretadas como refuerzos artificiales y peridotita metamorfizada presentada como supuesta madera fosilizada.

Eso no significa que un artículo de 1996 sea intocable. Precisamente para eso sirve una nueva investigación.

Pero sí significa que la nueva hipótesis debe hacer algo más que producir imágenes sugestivas. Debe demostrar que explica los datos mejor que la explicación geológica existente.

Y para eso no basta con encontrar más carbono, una línea recta en el radar o una zona donde la perforadora encuentre material duro.

Primero habría que demostrar que existe realmente una estructura artificial. Para ello esperaríamos encontrar madera identificada anatómicamente y en contexto, uniones de carpintería, elementos de fijación, materiales inequívocamente manufacturados, geometrías estructurales repetitivas y una estratigrafía incompatible con la formación natural propuesta.

Después habría que demostrar que esa estructura es una embarcación.

Y sólo entonces llegaría el problema muchísimo más difícil: demostrar que esa embarcación concreta es el Arca de Noé.

Encontrar un barco antiguo —si llegara a encontrarse— no lo convertiría automáticamente en el barco de un personaje bíblico. Ése sería otro salto de inferencia que necesitaría sus propias evidencias.

Las 366 muestras

Aquí estará probablemente la parte más interesante de la investigación.

La universidad informa que se han obtenido 366 muestras de puntos situados dentro y fuera de la formación, algunas mediante perforación a profundidades de hasta unos quince metros. Fueron enviadas a Ankara Yıldırım Beyazıt University para realizar análisis de isótopos de carbono, estimaciones de edad y buscar materia orgánica fosilizada, materiales potencialmente manufacturados o rellenos culturales.

Tener 366 muestras genera una enorme cantidad de posibilidades estadísticas. No sería extraño que algunas presentaran composiciones, edades o concentraciones diferentes de las demás.

Por eso el resultado verdaderamente importante no será encontrar una muestra interesante, sino conocer el conjunto.

¿Se publicará el inventario de las 366 muestras? ¿Sabremos exactamente de qué profundidad y coordenadas procede cada una? ¿Cuáles corresponden al interior y cuáles funcionan como controles exteriores? ¿Cómo fueron seleccionados los puntos de perforación? ¿Qué muestras recibirán datación y con qué criterio? ¿Se publicarán también los resultados negativos? ¿Cómo distinguirán materia orgánica antigua de raíces, suelo, contaminación y materiales posteriores? ¿Qué procedimiento se utilizará para identificar madera si aparece material carbonoso?

Y, sobre todo, ¿tendremos acceso a los datos suficientes para que otros especialistas puedan comprobar las interpretaciones?

La universidad ha anunciado que los datos del primer año serán recopilados en una obra titulada Durupınar Formasyonu 2026 Yılı Araştırmaları y presentados mediante tres comunicaciones internacionales. También afirma que el proceso completo de análisis y elaboración de informes continuará durante 2027.

Eso es prometedor. Pero un libro o una comunicación en un congreso no son automáticamente equivalentes a un artículo sometido a revisión especializada e independiente.

Habrá que ver cómo se publican finalmente los resultados.

Y la maquinaria publicitaria ya empezó

Aquí el problema que veníamos describiendo dejó de ser hipotético.

El 28 de septiembre, Sivas Cumhuriyet University anunció oficialmente el final del trabajo de campo. Su comunicado fue prudente: las muestras estaban en laboratorio y la evaluación científica de la formación tendría que esperar a los análisis y al informe final.

Tres días después, el 1 de octubre, Noah’s Ark Scans difundió mediante GlobeNewswire un comunicado con un tono muy diferente:

“It’s NOT Geological!”

El protagonista era Khosrow Bakhtar, responsable de un sistema propio de prospección denominado BakhtarRadar. Según su interpretación preliminar, los datos muestran patrones organizados, corredores, cámaras y pasillos, y la estructura sería “100 % no geológica”. El propio comunicado reconoce que un informe técnico más completo todavía estaba en preparación.

Es una afirmación extraordinaria. Pero en este momento no tenemos una publicación revisada por pares ni replicación independiente de esas interpretaciones.

Y el propio Bakhtar introduce una curiosa cautela que contrasta con el titular. Dice que lo detectado podría ser “un barco, una nave espacial o alguna otra cosa”.

Su intención parece ser dejar claro que el instrumento identifica una estructura y no su naturaleza histórica, pero el contraste ilustra perfectamente el problema comunicativo.

El investigador dice: “mi instrumento detecta algo que interpreto como organizado”.

El comunicado dice: “NO es geológico”.

Y los titulares terminan diciendo: “Científicos confirman el Arca de Noé”.

El mecanismo que hemos visto durante décadas sigue funcionando.

Una anomalía de radar puede convertirse primero en una pared, luego en un pasillo y finalmente en una habitación del Arca sin que nadie haya abierto todavía esa habitación.

Un buen precedente: las pirámides y Edgar Cayce

Hay un ejemplo que me parece útil precisamente porque demuestra que una investigación financiada por creyentes en una idea extraordinaria no tiene por qué terminar acomodando los resultados a sus deseos.

Edgar Cayce había afirmado que la Gran Pirámide y la Esfinge se remontaban aproximadamente al 10.500 a.C.

En 1984, amigos y partidarios de la Edgar Cayce Foundation financiaron un proyecto de datación por carbono 14 de monumentos del Reino Antiguo egipcio. Si Cayce estaba en lo correcto, las fechas deberían haber sido miles de años anteriores a la cronología aceptada por los egiptólogos.

No lo fueron.

Según Ancient Egypt Research Associates, las primeras dataciones resultaron en promedio unos 374 años más antiguas que las fechas históricas entonces utilizadas, una discrepancia interesante que justificó nuevas investigaciones. Pero estaban claramente dentro del Reino Antiguo, no del 10.500 a.C.

El resultado contrario a la predicción de Cayce se publicó.

Así debería funcionar.

Quienes financian una investigación pueden esperar encontrar determinada respuesta. Lo importante es que, cuando los datos proporcionan otra, los datos ganen.

Ésa será también la verdadera prueba para Durupınar.

¿Qué podemos esperar en 2027?

La campaña de 2026 merece atención precisamente porque, por primera vez en mucho tiempo, tiene posibilidades de producir evidencia física mucho mejor que las interpretaciones de fotografías, detectores y manchas de radar que han alimentado esta historia durante décadas.

Pero debemos vigilar cuidadosamente la distancia entre lo que encuentren los laboratorios y lo que termine llegando a los titulares.

Si un informe dice “una muestra contiene más carbono orgánico que el control exterior”, no significa “encontramos madera del Arca”.

Y si un radar detecta una anomalía lineal, tampoco significa “el radar encontró una pared”.

La prueba científica realmente importante no consiste en conseguir una fecha llamativa, una anomalía geométrica o una imagen espectacular.

Consiste en publicar el conjunto de los datos, permitir que otros investigadores los examinen y aceptar el resultado aunque sea exactamente el contrario al que esperaban quienes financiaron la búsqueda.

Si en 2027 las perforaciones y los análisis muestran que Durupınar es una formación natural, decirlo claramente no significará que la investigación fracasó.

Significará que funcionó.


Fuentes y referencias

Sivas Cumhuriyet University. Comunicados del proyecto Durupınar 2026, permisos, estructura del equipo, métodos, 366 muestras y calendario de análisis.
Inicio y organización del proyecto
Cierre de la campaña de campo 2026

Collins, Lorence Gene & Fasold, David Franklin (1996). “Bogus ‘Noah's Ark’ from Turkey Exposed as a Common Geologic Structure”. Journal of Geoscience Education, 44(4), 439–444.
DOI / resumen

Snelling, Andrew A. (1992). “Special Report: Amazing ‘Ark’ Exposé”. Creation, 14(4). Fuente creacionista, citada aquí precisamente porque rechaza las afirmaciones de Wyatt desde dentro del propio movimiento.
Texto en Answers in Genesis

John Larsen / Subsurface Imaging Project (2014). Documentación de los estudios de resistividad eléctrica. Es una fuente del propio proyecto pro-Arca, no una publicación revisada por pares.
2014 Electrical Resistivity Scans

Noah’s Ark Scans. Repositorio de informes y trabajos sobre Durupınar, incluidos los informes de ToPa 3D, GPR/LiDAR de 2019 y trabajos presentados en simposios posteriores. Debe leerse distinguiendo los informes técnicos de la interpretación promocional del grupo.
Research Papers & Reports
Organización, financiación y equipo

Ağrı İbrahim Çeçen University (2022). Trabajo de campo conjunto con Istanbul Technical University, muestras enviadas a laboratorios de İTÜ y patrocinio de IC Foundation.
Comunicado universitario del 21 de noviembre de 2022

Noah’s Ark Scans (2024). Resultados divulgados del muestreo de suelos: materia orgánica, carbono, potasio y pH. Fuente promocional del propio grupo; útil para conocer sus datos declarados y su interpretación.
Groundbreaking Soil Sample Results

Noah’s Ark Scans / GlobeNewswire (1 de octubre de 2026). Comunicado promocional sobre la interpretación preliminar de Khosrow Bakhtar: “It’s NOT Geological!”. No sustituye a una publicación técnica revisada por pares.
Comunicado completo

Ancient Egypt Research Associates. “How Old Are the Pyramids?”. Resumen de los proyectos de datación por radiocarbono de 1984 y 1994–1995, incluido el financiamiento inicial por amigos y partidarios de la Edgar Cayce Foundation.
AERA — How Old Are the Pyramids?

Life Magazine, 5 de septiembre de 1960. “Noah’s Ark? Boatlike form is seen near Ararat”. Referencia histórica para la difusión internacional inicial del sitio.


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